lunes, 16 de diciembre de 2013

EL VIEJO Y SU CABALLO

Esta historia cuenta que en una lejana aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes le envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.
Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo pero el hombre decía: “para mí él no es un caballo; es un amigo. ¿Y cómo se puede vender a un amigo?”. Era un hombre pobre, pero nunca vendió a su caballo. Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo: “Viejo tonto. Sabíamos que algún día te robarían el caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. Ahora no tienes el caballo y tampoco el dinero... ¡Qué desgracia!”.
“No vayamos tan lejos”, decía el anciano. “Simplemente digamos que el caballo no está en el establo. Éste es el hecho. Todo lo demás es vuestro juicio. Si es una desgracia o una suerte yo no lo sé, nadie lo sabe, porque esto es apenas un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?”.
La gente se rió de él. Siempre habían creído que el anciano estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado sino que se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de hermosos caballos salvajes. De nuevo se reunió la gente diciendo: “Tenías razón, anciano. No fue una desgracia sino una verdadera suerte”.
“De nuevo estáis yendo demasiado lejos”, dijo el anciano. “Decid sólo que el caballo ha vuelto, sólo el hecho. ¿Quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Estáis leyendo apenas una palabra de una oración. ¿Cómo podéis juzgar el libro entero?”.
Esta vez la gente no pudo decir nada más, pero por dentro sabían que él estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos.
El anciano tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar. “De nuevo tuviste razón”, dijeron. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y, a tu edad, él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca”.
“Estáis obsesionados con juzgar”, dijo el anciano. “No vayáis tan lejos. Sólo decid que mi hijo se ha roto las piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos, y nunca se nos da más que esto”.
Sucedió que, pocas semanas después, el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo fueron llevados al ejército. Sólo se salvó el hijo del anciano porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes ya no volverían.
“Tenías razón viejo. Era una fortuna. Aunque no funcionen sus piernas, tú tienes a tu hijo aún contigo. Los nuestros se han ido para siempre”.
“Seguís juzgando”, dijo el viejo. Nadie sabe. Sólo decid que vuestros hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Este es el hecho. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda”…
Al juzgar, al poner una opinión... una etiqueta, en ese mismo momento, nos limitamos a nosotros mismos... quedamos atrapados, estancados. Somos esclavos de nuestros juicios y opiniones.
Tomado del libro “El camino más Fácil” de Mabel Katz.

Cada vez que hacemos un juicio de una situación, a la que calificamos como “desafortunada”, rechazamos eso que se está gestando... que seguramente será infinitamente mejor... Cuando observo los acontecimientos pasados y recuerdo alguna de las experiencias que he calificado de “desafortunadas” en mi vida (y, créanme, no han sido pocas...), sólo puedo ver la oportunidad  de AGRADECER a la Divinidad... Porque aquello que ha surgido después, en función de esas mismas circunstancias... sólo han sido BENDICIONES en mi vida... Y tal vez sólo se tardaron por mis juicios acerca de ellas.
Tú también puedes darte la oportunidad de agradecer, confiar, y vivir el AHORA... ESTE MOMENTO... que es lo único real que tienes... sin juicios... NO te limites!... así podrás estar abierto a recibir aquello que es correcto y perfecto para ti.

EL VIEJO Y SU CABALLO

Esta historia cuenta que en una lejana aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes le envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.
Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo pero el hombre decía: “para mí él no es un caballo; es un amigo. ¿Y cómo se puede vender a un amigo?”. Era un hombre pobre, pero nunca vendió a su caballo. Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo: “Viejo tonto. Sabíamos que algún día te robarían el caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. Ahora no tienes el caballo y tampoco el dinero... ¡Qué desgracia!”.
“No vayamos tan lejos”, decía el anciano. “Simplemente digamos que el caballo no está en el establo. Éste es el hecho. Todo lo demás es vuestro juicio. Si es una desgracia o una suerte yo no lo sé, nadie lo sabe, porque esto es apenas un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?”.
La gente se rió de él. Siempre habían creído que el anciano estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado sino que se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de hermosos caballos salvajes. De nuevo se reunió la gente diciendo: “Tenías razón, anciano. No fue una desgracia sino una verdadera suerte”.
“De nuevo estáis yendo demasiado lejos”, dijo el anciano. “Decid sólo que el caballo ha vuelto, sólo el hecho. ¿Quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Estáis leyendo apenas una palabra de una oración. ¿Cómo podéis juzgar el libro entero?”.
Esta vez la gente no pudo decir nada más, pero por dentro sabían que él estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos.
El anciano tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar. “De nuevo tuviste razón”, dijeron. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y, a tu edad, él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca”.
“Estáis obsesionados con juzgar”, dijo el anciano. “No vayáis tan lejos. Sólo decid que mi hijo se ha roto las piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos, y nunca se nos da más que esto”.
Sucedió que, pocas semanas después, el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo fueron llevados al ejército. Sólo se salvó el hijo del anciano porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes ya no volverían.
“Tenías razón viejo. Era una fortuna. Aunque no funcionen sus piernas, tú tienes a tu hijo aún contigo. Los nuestros se han ido para siempre”.
“Seguís juzgando”, dijo el viejo. Nadie sabe. Sólo decid que vuestros hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Este es el hecho. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda”…
Al juzgar, al poner una opinión... una etiqueta, en ese mismo momento, nos limitamos a nosotros mismos... quedamos atrapados, estancados. Somos esclavos de nuestros juicios y opiniones.
Tomado del libro “El camino más Fácil” de Mabel Katz.

Cada vez que hacemos un juicio de una situación, a la que calificamos como “desafortunada”, rechazamos eso que se está gestando... que seguramente será infinitamente mejor... Cuando observo los acontecimientos pasados y recuerdo alguna de las experiencias que he calificado de “desafortunadas” en mi vida (y, créanme, no han sido pocas...), sólo puedo ver la oportunidad  de AGRADECER a la Divinidad... Porque aquello que ha surgido después, en función de esas mismas circunstancias... sólo han sido BENDICIONES en mi vida... Y tal vez sólo se tardaron por mis juicios acerca de ellas.
Tú también puedes darte la oportunidad de agradecer, confiar, y vivir el AHORA... ESTE MOMENTO... que es lo único real que tienes... sin juicios... NO te limites!... así podrás estar abierto a recibir aquello que es correcto y perfecto para ti.

EL VIEJO Y SU CABALLO

Esta historia cuenta que en una lejana aldea había un anciano muy pobre, pero hasta los reyes le envidiaban porque poseía un hermoso caballo blanco.
Los reyes le ofrecieron cantidades fabulosas por el caballo pero el hombre decía: “para mí él no es un caballo; es un amigo. ¿Y cómo se puede vender a un amigo?”. Era un hombre pobre, pero nunca vendió a su caballo. Una mañana descubrió que el caballo ya no estaba en el establo. Todo el pueblo se reunió diciendo: “Viejo tonto. Sabíamos que algún día te robarían el caballo. Hubiera sido mejor que lo vendieras. Ahora no tienes el caballo y tampoco el dinero... ¡Qué desgracia!”.
“No vayamos tan lejos”, decía el anciano. “Simplemente digamos que el caballo no está en el establo. Éste es el hecho. Todo lo demás es vuestro juicio. Si es una desgracia o una suerte yo no lo sé, nadie lo sabe, porque esto es apenas un fragmento. ¿Quién sabe lo que va a suceder mañana?”.
La gente se rió de él. Siempre habían creído que el anciano estaba un poco loco. Pero después de 15 días, una noche el caballo regresó. No había sido robado sino que se había escapado. Y no sólo eso, sino que trajo consigo una docena de hermosos caballos salvajes. De nuevo se reunió la gente diciendo: “Tenías razón, anciano. No fue una desgracia sino una verdadera suerte”.
“De nuevo estáis yendo demasiado lejos”, dijo el anciano. “Decid sólo que el caballo ha vuelto, sólo el hecho. ¿Quién sabe si es una suerte o no? Es sólo un fragmento. Estáis leyendo apenas una palabra de una oración. ¿Cómo podéis juzgar el libro entero?”.
Esta vez la gente no pudo decir nada más, pero por dentro sabían que él estaba equivocado. Habían llegado doce caballos hermosos.
El anciano tenía un hijo que comenzó a entrenar a los caballos. Una semana más tarde se cayó de un caballo y se rompió las piernas. La gente volvió a reunirse y a juzgar. “De nuevo tuviste razón”, dijeron. Era una desgracia. Tu único hijo ha perdido el uso de sus piernas y, a tu edad, él era tu único sostén. Ahora estás más pobre que nunca”.
“Estáis obsesionados con juzgar”, dijo el anciano. “No vayáis tan lejos. Sólo decid que mi hijo se ha roto las piernas. Nadie sabe si es una desgracia o una fortuna. La vida viene en fragmentos, y nunca se nos da más que esto”.
Sucedió que, pocas semanas después, el país entró en guerra y todos los jóvenes del pueblo fueron llevados al ejército. Sólo se salvó el hijo del anciano porque estaba lisiado. El pueblo entero lloraba y se quejaba porque era una guerra perdida de antemano y sabían que la mayoría de los jóvenes ya no volverían.
“Tenías razón viejo. Era una fortuna. Aunque no funcionen sus piernas, tú tienes a tu hijo aún contigo. Los nuestros se han ido para siempre”.
“Seguís juzgando”, dijo el viejo. Nadie sabe. Sólo decid que vuestros hijos han sido obligados a unirse al ejército y que mi hijo no ha sido obligado. Este es el hecho. Sólo Dios sabe si es una desgracia o una suerte que así suceda”…
Al juzgar, al poner una opinión... una etiqueta, en ese mismo momento, nos limitamos a nosotros mismos... quedamos atrapados, estancados. Somos esclavos de nuestros juicios y opiniones.
Tomado del libro “El camino más Fácil” de Mabel Katz.

Cada vez que hacemos un juicio de una situación, a la que calificamos como “desafortunada”, rechazamos eso que se está gestando... que seguramente será infinitamente mejor... Cuando observo los acontecimientos pasados y recuerdo alguna de las experiencias que he calificado de “desafortunadas” en mi vida (y, créanme, no han sido pocas...), sólo puedo ver la oportunidad  de AGRADECER a la Divinidad... Porque aquello que ha surgido después, en función de esas mismas circunstancias... sólo han sido BENDICIONES en mi vida... Y tal vez sólo se tardaron por mis juicios acerca de ellas.
Tú también puedes darte la oportunidad de agradecer, confiar, y vivir el AHORA... ESTE MOMENTO... que es lo único real que tienes... sin juicios... NO te limites!... así podrás estar abierto a recibir aquello que es correcto y perfecto para ti.

LA IMPORTANCIA DE LA ESPIRITUALIDAD PARA LA SALUD

Por regla general todos los trabajadores de la salud han sido modelados por el paradigma científico de la modernidad que ha hecho una separación drástica entre cuerpo y mente y entre ser humano y naturaleza. Así se han creado muchas especialidades que tantos beneficios han traído para el diagnóstico de las enfermedades y también para las formas de curación.
Reconocido estos méritos, no podemos sin embargo olvidar que se ha perdido la visión de totalidad: el ser humano dentro de una visión más amplia de la sociedad, de la naturaleza y de las energías cósmicas, la enfermedad como una fractura de esta totalidad, y la curación como la reintegración en ella.
Hay en nosotros una dimensión que responde por el cultivo de esta totalidad, que vela por el eje Estructurador de nuestra vida: es la dimensión del espíritu. Espiritualidad viene de espíritu; es el cultivo de lo que es propio del espíritu, su capacidad de proyectar visiones unificadoras, de relacionar todo con todo, de conectar y reconectar todas las cosas entre sí y con la Fuente de Originaria de todo ser.
Si el espíritu es relación y vida, su opuesto no es materia y cuerpo sino la muerte como ausencia de relación. En este sentido, espiritualidad es toda actitud y actividad que favorece la expansión de la vida, la relación consciente, la comunión abierta, la subjetividad profunda y la trascendencia como modo de ser, siempre dispuesto a nuevas experiencias y a nuevos conocimientos.
Los neurobiólogos y estudiosos del cerebro han identificado la base biológica de la espiritualidad; se encuentra en el lóbulo frontal del cerebro. Descubrieron empíricamente que siempre que se captan los contextos más globales o se produce una experiencia significativa de totalidad o también cuando que se abordan de forma existencial (no como objeto de estudio) realidades últimas cargadas de sentido, y se producen actitudes de adoración, devoción y respeto, hay una aceleración de las vibraciones periódicas de las neuronas localizadas allí. A este fenómeno lo llamaron el «punto Dios» en el cerebro o la aparición de la «mente mística» (Zohar, SQ: Inteligencia Espiritual, 2004). Es como un órgano interior por el cual se capta la presencia de lo Inefable dentro de la realidad.
Este hecho constituye un avance evolutivo del ser humano que, como ser humano-espíritu, percibe la Realidad Fontal sustentando todas las cosas. Se da cuenta de que sorprendentemente puede entablar un diálogo y buscar una comunión íntima con ella. Tal posibilidad lo dignifica, pues lo espiritualiza y lo conduce a un mayor grado de percepción del Enlace que conecta y reconecta todas las cosas. Se siente dentro de ese Todo.
Este «punto Dios» se revela por valores intangibles como más compasión, más solidaridad, más sentido de respeto y dignidad. Despertar este «punto Dios», quitar las cenizas con las que una cultura excesivamente racionalista y materialista lo cubrió, es permitir que la espiritualidad aflore en la vida de las personas.
A fin de cuentas espiritualidad no es pensar a Dios, sino sentir a Dios a través de ese órgano interior y experimentar su presencia y actuación desde el corazón. Lo percibimos como entusiasmo (en griego significa tener un dios dentro) que nos lleva y nos sana y nos da voluntad de vivir y de crear continuamente sentidos de existir.
¿Qué importancia prestamos a esta dimensión espiritual en el cuidado de la salud y de la enfermedad? La espiritualidad tiene una fuerza curativa propia. No es de ninguna manera algo mágico y esotérico. Se trata de potenciar las energías características de la dimensión espiritual, tan válida como la inteligencia, la libido, el poder, el afecto entre otras dimensiones de lo humano. Estas energías son altamente positivas como amar la vida, abrirse a los demás, establecer lazos de fraternidad y solidaridad, ser capaz de perdón, de misericordia y de indignación ante las injusticias de este mundo, como lo hace ejemplarmente el Papa Francisco.
Además de reconocer todo su valor a las terapias conocidas hay todavía un supplément d’âme como dirían los franceses, un complemento de lo que ya existe, que lo refuerza y enriquece con factores oriundos de otra fuente de curación. El modelo establecido de medicina no tiene, por supuesto, el monopolio del diagnóstico y la curación. Es aquí donde se abre camino la espiritualidad.
La espiritualidad en primer lugar fortalece en la persona la confianza en las energías regenerativas de la vida, en la competencia del médico/a, en el cuidado diligente del enfermero/a. Sabemos por la psicología profunda y la transpersonal el valor terapéutico de la confianza en el curso normal de la vida. Confianza significa básicamente decir: la vida tiene sentido, vale la pena, tiene una energía interna que la autoalimenta, es preciosa. Esta confianza pertenece a una visión espiritual del mundo.
Pertenece a la espiritualidad la convicción de que la realidad que captamos es más de lo que los análisis nos dicen. Podemos tener acceso a la misma por los sentidos interiores, por la intuición y por los caminos secretos de la razón cordial. Se puede ver que hay un orden subyacente al orden sensible, como sostenía siempre el gran físico cuántico, y premio Nobel, David Bohm, alumno predilecto de Einstein.
Este orden subyacente responde de los órdenes visibles y siempre puede traernos sorpresas. A menudo los mismos médicos se sorprenden de la rapidez con que alguien se recupera o cómo situaciones consideradas normalmente como irreversibles, retroceden y acaban curando. En el fondo es creer que lo invisible e imponderable es parte de lo visible y previsible.
Pertenece también al mundo espiritual, la esperanza inquebrantable de que la vida no termina con la muerte, sino que se transfigura a través de ella. Nuestros sueños de regresar a la vida normal desencadenan energías positivas que contribuyen a la regeneración de la vida enferma.
Una fuerza mayor, sin embargo, es la fe de sentirse en la palma de la mano de Dios. Entregarse confiadamente a su voluntad, desear sinceramente la curación, pero también aceptar serenamente si nos llama a si: esto es la presencia de la energía espiritual. Nosotros no morimos, Dios viene a buscarnos y a llevarnos a donde pertenecemos desde siempre, a su casa a convivir con Él. Tales convicciones espirituales actúan como fuentes de agua viva, generadoras de curación y de potencia de vida. Es el fruto de la espiritualidad.

viernes, 13 de diciembre de 2013

SEGUIRÉ CREYENDO

 Voy a seguir creyendo, aun cuando la gente pierda la esperanza.

Voy a
seguir dando amor, aunque otros siembren odio.
Voy a
seguir construyendo, aun cuando otros destruyan.
Voy a
seguir hablando de paz, aun en medio de la guerra.
Voy a seguir
iluminando, aun en medio de la oscuridad.


Y seguiré sembrando, aunque otros pisen la cosecha.

Y seguiré
gritando, aun cuando otros callen. 
Y dibujaré
sonrisas, en rostros con lágrimas
Y
transmitiré alivio cuando vea dolor.


y regalaré motivos de alegría donde solo haya tristezas.

invitaré a
caminar al que decidió quedarse. 
Y levantaré
los brazos a los que se han rendido.
Porque en
medio de la desolación siempre habrá un niño que


 nos mirará esperanzado, esperando algo de nosotros

Y aun en medio de una tormenta, por algún lado saldrá el sol y en medio del
desierto crecerá una planta. 
Siempre habrá un pájaro que nos cante, un niño que nos sonría y mariposas que
brinden su belleza.
Pero si algún día ves que ya no sigo, no sonrío, o callo, acércate y dame un
beso, un abrazo o regálame una sonrisa; con eso será suficiente. 
Seguramente, me habrá pasado que la vida me abofeteo y me sorprendió por un
segundo.
Ese gesto hará que vuelva a mi camino

miércoles, 11 de diciembre de 2013

PORQUE LA GENTE NO SE CURA ?

Un medico intuitivo tuvo una perspectiva única sobre por qué las personas no se curan. Él solía pensar que todo el mundo quería ser sanado. Y llegó a la conclusión de que "La sanación es muy poco atractiva"
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Los impedimentos para la curación incluyen renunciar a vivir en el pasado, dejar de ser víctima, y el miedo al cambio. Dirigir el pensamiento y la energía hacia el pasado desvía la fuerza vital de las células y los órganos que necesitan esa energía para funcionar y sanar.
La curación requiere vivir en el presente, recuperando la energía de los traumas y heridas del pasado. Dice que la única razón para alimentar y mantener vivo el pasado es a causa de la amargura de lo que pasó.
Negarse a perdonar un evento o a una persona del pasado produce fugas energéticas del cuerpo. El perdón sana estas filtraciones. El perdón no tiene nada que ver con no culpar a otros por las heridas que causaron.
Tiene más que ver con "liberarnos de la percepción de víctima".

Cuando podemos ver un acto doloroso como parte del proceso de la vida, como un mensaje o un desafío en lugar de una traición personal, la energía vital fluye de vuelta a los circuitos de energía del cuerpo físico.
Las personas no se curan porque no se han liberado de la ilusión de ser víctima. Con demasiada frecuencia, la gente obtiene poder con sus heridas porque han encontrado que suscita el apoyo de otros. Las heridas se convierten en un medio de manipular y controlar a los demás.
Generalmente, la recuperación requiere hacer cambios en el estilo de vida, medio ambiente, y relaciones. El cambio puede ser aterrador.
Es fácil mantenerse en un compás de espera, alegando que uno no sabe qué hacer, pero rara vez es cierto. Cuando estamos en un compás de espera, es porque sabemos exactamente lo que debemos hacer, pero estamos aterrorizados para actuar en consecuencia...

El cambio es alarmante, y la espera da sensación de seguridad, cuando la única manera de adquirir ese sentimiento de seguridad es entrar en el torbellino de los cambios y salir por otro lado, sentirse vivo otra vez.
La sanación requiere acción. Comer adecuadamente, hacer ejercicio diario, tomar el medicamento adecuado, genera cambios saludables en el físico.
Soltar el pasado, dejar puestos de trabajo estresantes o relaciones inadecuadas, son acciones que sostienen la energía del cuerpo.
Lo que apoya al uno apoya al otro, porque la energía física y energética están inextricablemente unidas.
Incluso el proceso de morir, al que todos nos enfrentamos, puede convertirse en un acto de sanación de viejas heridas que son liberadas resolviendo asuntos pendientes con los seres queridos.

martes, 10 de diciembre de 2013

SI TE COMPARAS CON LOS DEMÁS

Compararnos con los demás es quizás inevitable, es algo que difícilmente podemos dejar de hacer. Lo que hay que tomar en cuenta es de qué manera influye esto en la salud y la vitalidad de nuestro cuerpo, ya que compararnos constantemente podría llegar a debilitar nuestra fuerza interior.
Por ejemplo, si eres alguien que ha logrado grandes triunfos, mucho dinero y una excelente forma de vida y te comparas de manera inconsciente con quien no ha logrado despegar, te envanecerás, te llenarás de una falsa sensación de seguridad e irás creando dentro de ti un gran vacío, que con el tiempo nada ni nadie podrá llenar. Este vacío hará que te sea difícil relacionarte con los demás.
Si contrario a esto, eres alguien que pese a todas sus luchas, jamás ha podido encontrarse, que no conoce la sensación de haberse quedado con algo, que no tiene idea de lo que significa triunfar; y te comparas con quien en tu opinión lo tiene todo, entonces te llenarás de amargura, de una sensación de soledad y desamparo, de un creciente cansancio o agotamiento físico que es el lenguaje por medio del cual tú cuerpo te pide que te aceptes como eres, que esa vía que transitas es la que puede enseñarte lo que necesitas.
Si sientes que dejar de compararte con las demás personas es imposible, entonces compárate sabiamente con los que al parecer están detrás de ti, y no con los que parecen ir adelante. Verás tantas cosas tristes como difíciles, y experimentarás  tal grado de compasión, que con la inteligencia suficiente concluirás que tienes una gran fortuna en tus manos.
Observa a quien vendiendo el periódico sonríe a pesar del sol que le ha tostado la piel. Observa a la mujer que va a lavar al río cantando porque tendrá ropa limpia para su familia. Observa a los seres humanos que desde la cárcel estudian para ser libres interiormente, alejándose así de los barrotes y muros de la mente. Observa los espíritus fuertes de esa escalera que subes y bendice tu experiencia como la de ellos.
Sucede exactamente lo mismo con el aspecto físico. Mira con benevolencia hacia atrás y envía amor a quienes parecen venir subiendo la escalera después de ti. No lleves tú mente a donde se encuentran quienes aparentemente ya subieron todos los peldaños y que adornan portadas de revista.
No quiero decir que esto te haga más feliz, que solucione todos tus asuntos pendientes, o que sea la opción más altruista, lo que deseo transmitirte es que puede cansarte más el hecho de intentar alcanzar estrellas, que si nada más observas con agrado ese mundo tuyo, ese mundo que se te dio.
Y finalmente ama a quien tú eres. En el momento perfecto te darás cuenta de que eres inmensa y que en ti contienes universos.
Gracias por leerme.Vivi Cervera